Gabriel Santander, o por qué un pendejo egocéntrico nunca debería jugar a la Ouija
1
El
horror lo esperaba al despertar.
Gabriel
sintió los párpados pesados, como el juerguista que despierta del farrón de su
vida, pero mucho, mucho peor. Abrirlos fue una batalla interna. Una parte de él
quería quedarse en ese suelo duro y frío -extrañamente cómodo-, pero en cuanto
la venció y logró abrir los ojos, una lluviecilla de partículas escarlata se
liberó como polvo cósmico. La niebla mental que
le envolvía también se disipó enseguida y pudo ver; entonces supo que la
noche estaba cayendo por la luz púrpura
y dorada que traspasaba el ventanal.
Se
restregó los ojos con la mente en blanco y al ver lo que había en el dorso de
su mano se incorporó de un salto y quedó sentado, golpeándose la espalda contra
la pata de una mesa en el ínterin, sin embargo no advirtió el dolor, fue
opacado por la horrenda impresión que le produjo ver sangre seca en sus propias
manos. Cualquier otro día Gabriel hubiese deducido que el polvillo que había
visto al despertar no era otra cosa que sangre desprendiéndosele de las
pestañas.
La
frecuencia de sus latidos aumentó mientras que a fuerza de fricción se deshacía
de cuanta podía, restregándose cara, manos y brazos. La sangre se deshacía en
escamitas color rojo brillante que caían sobre el suelo y su uniforme. ¿Cómo
era posible que no fuera capaz de percibir su penetrante y metálica esencia?
Se
levantó trastabillando. No pudo dominar el mareo ocasionado por la baja de
presión y para no caer se agarró de la misma mesa contra la que se había
golpeado. Deseó no haberlo hecho.
Una
de sus compañeras lo miraba con expresión estúpida desde ahí, muy cerca de sus
manos. Su cuello estaba quebrado y su cara había quedado en un ángulo
completamente antinatural. El largo y rubio cabello de su coleta alta estaba
disperso sobre la mesa de al lado, aplastado y pegajoso de los sesos de otro
muchacho, al cual seguramente le habían volado la cabeza de un escopetazo; y el
escopetazo no era más que una especulación, porque lo que de él quedaba era
cuello, hombros y lo demás; pero de la cabeza no había rastro.
Un
vistazo le bastó para saber que todos sus compañeros de clase, profesor
incluido, habían sido brutalizados hasta la muerte. No pudo evitar
hiperventilar y cuando el aire viciado e impregnado de podredumbre entró en su
boca, un vértigo acompañado de arcadas y reflujo ácido le dominó.
Afortunadamente
la urgencia por salir de ahí se sobrepuso al malestar. Chocó contra dos mesas y
por poco cae al resbalar en un charco de sangre coagulada que no vio a tiempo,
pero llegó a la puerta y forcejeó contra el pomo con manos resbaladizas descubriendo
que estaba trabado. Para su suerte lo estaba por dentro, así que giró el
picaporte y salió azotando la puerta tras de sí. Sólo entonces supo qué tan
corrompido estaba el aire adentro.
—“¡Llama
a la policía!” —le gritó la voz dentro de su cabeza.
No
quería volver a entrar ahí, así que recuperar su celular era una posibilidad
descartada. Tenía que encontrar a alguien que lo ayudara, o un teléfono por lo
menos; pero eso sería después de visitar los lavabos. Estaba confundido y se
sentía terriblemente mal.
Después
de aliviar su vejiga se lavó la cara y se deshizo de lo que obstruía su nariz.
Sangró un poco más, pero la hemorragia se detuvo; sólo entonces se atrevió a
mirarse. Gabriel se estremeció violentamente por la imagen que le devolvía el
espejo.
Él
era delgado y nunca fue muy saludable, pero en ese momento daba lástima como
nunca antes. Ni en sus peores accesos de anemia tenía ese aspecto.
Enormes manchas violaban el blanco purísimo de su camisa, y el cabello que le
caía húmedo y aplastado sobre frente y mejillas no ayudaba. Había tenido que
enjuagarlo de toda la sangre y mugre que lo cubría, ¡y su cara! La pobre cara
de Gabriel estaba blanca como las láminas para dibujo técnico en las que
trabajaba los miércoles de dos a cuatro en el módulo optativo.
No
se quedó ni un segundo más en el baño. Conforme el shock pasaba, su mente hacía
las conexiones, las preguntas adecuadas.
¿Qué
había pasado?
¿Acaso
habían sido víctimas de un ataque terrorista y nadie en la escuela había
sobrevivido?
Lo
pensaba y se cuestionaba, porque si fuera ese el caso, en ese momento el lugar
estaría invadido por los medios; entonces la idea quedaba descartada. Él no
entendía nada, así que forzó su mente de camino a la oficina de inspección,
donde había un teléfono, a traer de vuelta sus últimos recuerdos.
La
jornada matutina se terminaba y él estaba dando una lección oral. Algo sobre
principios de microeconomía. Había sacado sobresaliente, lo normal, y regresaba
a su lugar, totalmente tranquilo y envuelto en la ostentosa y aterciopelada
nube púrpura que era su ego, cuando a cuatro o cinco pasos de su asiento, todo
se volvió negro. Era el último recuerdo que pudo rescatar y llegó a la oficina
sin ninguna otra pista.
Entró
sin tocar y no encontró a nadie. El sitio estaba como siempre: absurdamente
nítido, cada cosa en su sitio. La computadora, el escritorio, los archiveros y
el teléfono…
—¡El
teléfono!
Alzó
la bocina y le pareció que pesaba un kilogramo. Era una antigüedad de baquelita
negra que Gabriel sólo había visto en películas viejas; por lo que, dudando
sobre si funcionaría, metió un dedo y comenzó a girar el disco.
Nueve…
uno… uno…
Se
le hizo una eternidad esperar a que el disco regresara a su posición original
cada vez, pero cuando volvió del último “uno”, alguien levantó el teléfono al
otro lado de la línea.
Esto inhalaba y exhalaba tan pesadamente que le
pareció que el dueño de esa respiración no podía tener nariz y boca, sino
fauces y hocico.
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