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Gabriel Santander, o por qué un pendejo egocéntrico nunca debería jugar a la Ouija

1 El horror lo esperaba al despertar. Gabriel sintió los párpados pesados, como el juerguista que despierta del farrón de su vida, pero mucho, mucho peor. Abrirlos fue una batalla interna. Una parte de él quería quedarse en ese suelo duro y frío -extrañamente cómodo-, pero en cuanto la venció y logró abrir los ojos, una lluviecilla de partículas escarlata se liberó como polvo cósmico. La niebla mental que  le envolvía también se disipó enseguida y pudo ver; entonces supo que la noche estaba cayendo  por la luz púrpura y dorada que traspasaba el ventanal. Se restregó los ojos con la mente en blanco y al ver lo que había en el dorso de su mano se incorporó de un salto y quedó sentado, golpeándose la espalda contra la pata de una mesa en el ínterin, sin embargo no advirtió el dolor, fue opacado por la horrenda impresión que le produjo ver sangre seca en sus propias manos. Cualquier otro día Gabriel hubiese deducido que el polvillo que había visto al despertar no era...